Crónica: Tiempos de guerra

Esta crónica es producto del taller de Periodismo Joven que se realiza en la Biblioteca Familia La Esperanza, gracias al apoyo del Programa Nacional de Concertación Cultural del Ministerio de Cultura y Prensa Escuela de El Colombiano. 

“Está es una breve historia de mi vida, y de cómo he podido salir ilesa y mantenerme cuerda en medio de tanta barbarie”, fueron las palabras con las que empezó el relato esta mujer a quien llamaremos Jessica.

Mediaban los años 80 y en mi barrio, uno de los más afectados por el conflicto armado en la ciudad de Medellín, El popular # 2, no era el más ajeno a estas prácticas. A mi corta edad supe de los “Malandros de poca monta” del barrio, o sea, que no pasaban de robar a su propia gente.

Un día de tantos, me desperté al oír hablar a mis padres, de lo que pasaba afuera en la calle, estaba llegando personal vestido de un color verde militar, que se fue enfilando en cuadrillas, eran nada más y nada menos que la guerrilla del M-19; fue muy obvio saber quiénes eran pues tenían brazaletes alusivos, aquellos quiénes tenía bases cerca de allí y ejercían el adoctrinamiento y el consecuente reclutamiento a los jóvenes de aquel humilde barrio, que en su mayoría eran niños y niñas que no sobrepasaron su mayoría de edad.

Supe después, que esto mismo pasaba en barrios aledaños también con la guerrilla de las FARC, fueron estas dos guerrillas mayoritariamente quienes se encargaron de llenar el barrio de violencia, pues armaron la juventud, arrastrando hacía el abismo sueños futuros, devastando familias enteras, puesto que la abundancia de armas llevaba a más conflictos de territorios e intereses monetarios de terceras personas, desencadenando así una violencia sin fin ya que muchos de estos jóvenes cambiaban de bando a voluntad ofreciendo sus servicios al mejor postor.

Jessica hace una breve pausa, piensa en lo siguiente que va a decir, y con una voz apagada y un poco triste empieza a relatar de nuevo. Es triste recordar, pues en aquellas memorias hay muchas vivencias en las cuales me tocó ver asesinatos a pocos metros, fuese de día o en la noche.

Aún recuerdo la mañana del miércoles 25 de diciembre del 85, me despertaron en medio de un calor abrasador, pues al frente, un tercer piso estaba incendiado, sucedió que en la fiesta del día anterior un hombre se resguardo de sus atacantes en aquella casa, y ellos al no lograr su cometido incendiaron esta propiedad con la única y macabra intención de quemarlo vivo.

Desafortunadamente lograron su objetivo, una de las escenas que quedó fotografiada eternamente en mí, a causa de mi curiosidad, pues me escabullí en medio de los adultos para poder ver, ojalá nunca lo hubiese hecho, pues pequé de curiosa al ver el rostizado, ennegrecido y retorcido cadáver de “Maracucho” como todos en el barrio lo conocíamos, un buen hombre, honrado y trabajador.

Fueron muchas las ocasiones en que la vivida muerte cruzó ante mis ojos, aún en las noches oscuras, donde se supone debería estar dormida, lo único que se lograba era un ruidoso insomnio a causa de sus escandalosos crímenes, los cuales gozaban de total y completa impunidad.

Toda esta maldad nos acechaba no solo a mí y a mi familia, sino también a los vecinos, pues la situación se tornaba cada día más insoportable. Como cuando un bus fue parqueado al frente de una casa después de las 2:00 a.m. mientras esta era saqueada y sus ocupantes violentados, golpeados, amarrados, entre tanto las mujeres de este hogar eran violadas y ultrajadas, esta situación que se repitió mucho hasta el punto que tocó nuestra puerta.

Pues alguien en forma de un ángel mensajero, quien hasta el día de hoy desconozco informó a mi padre de que esa misma noche íbamos a ser visitados por aquellos anteriormente mencionados. Mi padre le contó a mi madre, y mi madre inmediatamente nos reunió en una habitación de la casa acto seguido nos contó, ahí el mundo se nos vino encima y nos arropó un pánico inexplicable, pude sentir como el frío del miedo recorría todo mi cuerpo, y al igual que mis hermanas ninguna entró en llanto, solo podíamos temblar, nada más que eso, temblar y temblar.

Pasamos esa noche todos en esas mismas cuatro paredes, el tiempo se me hacía eterno, hasta que me quedé dormida y desperté al otro día, cuál fue mi sorpresa y alegría al ver que en la noche anterior nada malo había pasado.

8 años tardaron mis padres en contarme la verdad de lo que sucedió esa noche. Mi padre buscó apoyo en los vecinos y de forma discreta entre él y mi madre les informaron para que los ayudaran ya que lo más probable era que el día de mañana ellos y sus familias serían las próximas víctimas.

Relata mi madre que aquellos que se enteraron les brindaron el apoyo y pasaron la noche en vela todos, en diferentes lugares y posiciones, armados con herramientas de trabajo y machetes, aguardando su llegada, dispuestos a proteger sus vidas, según parece, alguien les informó que estaban alertados y que los iban a estar esperando porque los susodichos jamás llegaron. Luego de aquel incidente en el que la gente estuvo dispuesta a defenderse, se podría decir que los maleantes se retenían.

Esta es solo una minúscula parte de aquellas vivencias de dolor y de tragedia, que me ocurrieron a mí y mi familia.

-Jessica termina de contar su historia y me dice con una voz amable y de un tono burlón: -“Vos sos muy preguntona, jajaja”

La entrevista termina con la entrevistadora y la entrevistada tomando pandebono con milo.

Autora:
Salomé Morales Monsalve, 9°
Usuaria de la Biblioteca Familia La Esperanza
Participante del taller de la Fundación Ratón de Biblioteca

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