La ciudad últimamente ha tenido sus alarmas al cien, hemos entrado en cuarentena, la situación no parece mejorar pronto, las calles están muy solitarias y los lugares que visito los fines de semana están cerrados por completo. Todos hemos reaccionado de forma diferente; unos hacen compras exageradas, hay quienes compran compulsivamente papel higiénico, otros que para donde salen se llevan un gel antibacterial, además del tapabocas y personas que simplemente no le dan importancia, la policía ronda la zona cada veinte minutos, las discusiones entre los vecinos han aumentado, sin embargo siempre está quien nos motive.
En la cuadra, exactamente a las diez de la noche se prende una vela blanca como símbolo de esperanza, algunos hacen oraciones o ponen música relajante para todos.
Para mí, el tiempo ha desaparecido, ya no existe horario para levantarse, ya no tenemos que despertarnos temprano para ir a estudiar ni ver si ya es hora de comer, pues el hambre viene a visitarte cada media hora, en las madrugadas sigo despierta haciendo planes para cuando se acabe todo esto, por las tardes me da sueño y por la noche siento que vuelvo a iniciar el día.
Todo de alguna manera ha cambiado, algunos de mis vecinos gritan por sus ventanas algunas frases chistosas como ¿Hay alguien aquí con vida? pero también gritos de desesperación como “Estoy muy aburrido”. En mi caso las ventanas y el balcón de la casa se han convertido en mi lugar favorito, todas las tardes y, gran parte de la noche estoy sentada allí, me he dado cuenta de que siempre pensé que necesitaba tiempo para entenderme y escucharme a mí misma, ahora que tengo todo el tiempo del mundo no he podido hallar una salida al gran laberinto de pensamientos que recorre mi cabeza.
Después de unos días, el colegio ha iniciado las clases virtuales, los profesores han enviado talleres por montones, las noticias solo hablan de este nuevo virus que tiene pausada la humanidad, se siente algo extraño vivir de esta manera, tener que salir por número de identificación, desinfectarse cuando hay que entrar a un lugar, no poder saludar con la mano a los demás, y tener que dejar las costumbres atrás.
Los fines de semana salía con mis amigos a comer salchipapa o iba de fiesta, ahora nos tenemos que ver detrás de una pantalla, ya no puedo ver a mi familia lejana ni decirle el «te quiero que nunca dije». Me di cuenta de que la vida puede cambiar de un momento para otro. Un día fui a jugar al parque, ya no había nadie, sólo había policías por montones, gente con tapabocas y guantes, esto parece un mundo irreal, un mundo desconocido, algo que jamás había experimentado; los juegos, las risas, los momentos, un día todo desapareció, la tecnología se apoderó de todos, sin embargo creo que sin este tipo de aparatos tecnológicos estuviera contando las baldosas de mi casa y abrazando a mi madre de más. Extraño ir a la biblioteca, leer Pdf es muy incómodo y poco entretenido, prefiero el olor de un libro, escuchar historias de los bibliotecarios, pero esto quizá no lo vuelva a vivir en mucho tiempo.
Continúo aquí en mi balcón sin saber qué sentir, todavía estoy en shock de que mi vida haya cambiado sin darme tiempo de prepararme mentalmente, sigo pensando en que esto es una pesadilla de la cual despertaré pronto, me duele la cabeza de buscar tantas respuestas, espero que pueda encontrar el fin del laberinto y que las manecillas de este reloj interno vuelvan a funcionar como todo a su alrededor.
Autora:
Yency Camila Ruiz
Usuaria Centro de Lectura Villa Guadalupe
Participante del club de lectura de la Fundación Ratón de Biblioteca