Se miraron a los ojos y pidieron parar la guerra por Pilar Lozano

“Se miraron a los ojos y pidieron parar la guerra”, es el título de mi charla. Un nombre  bello__ no es mío _ es de  Yamili Ocampo, Directora de proyectos de Ratón. Le agradezco porque resume lo que hoy quiero compartir con ustedes.

La frase me lleva a evocar un montón de imágenes.  La que cobra más fuerza en este momento  es  una que nos ha impactado en estos días. Exgenerales, coroneles, cabos, sargentos del ejército mirando  a los ojos  a madres de los mal llamados falsos positivos y  reconociendo: “Usamos armas del Estado para matar inocentes”  

Esas miradas reflejaban la  vergüenza del victimario, la dignidad y  el dolor de las madres. Y esas miradas, ese encuentro, sirven para empezar a sanar  un país tan descocido, tan lleno de heridas.

Es un comienzo, sí, pero es muy importante.  Ellas lo dijeron: Falta llegar a quienes dieron la orden de matar.

Y ¿cómo está ligado este hecho con nuestro mundo? Ustedes lo saben más que yo: la biblioteca es el lugar por excelencia para la reconciliación.  Algunas ya se preparan para ser el espacio donde se dé a conocer a la comunidad el informe  de la Comisión de la Verdad.

La biblioteca es la casa de todos. Así llamó  uno de sus libros la escritora e ilustradora portuguesa Mafalda Milhoes. Y señala que allí pueden estar tranquilamente Caperucita y el lobo feroz, las hadas madrinas y las brujas malvadas.

Traducido a la realidad de nuestro  país, significa  que allí pueden encontrarse  víctimas y victimarios, soldados y civiles, jóvenes, niños y ancianos, sanos y enfermos, pobres y ricos. Todos unidos  a través de lecturas que nos toquen el alma, que nos convoquen al diálogo, que nos den respuestas y nos llenen de nuevos interrogantes.

Son espacios tan, pero tan necesarios para construir paz, para dejar que nos acaricien las palabras y a través de ellas entender esta compleja realidad. Las palabras nos llevan sentir que es nuestro el dolor del otro.  

Los bibliotecarios de paz –los que estuvieron al frente de esos 20 espacios que nacieron al lado de las zonas veredales donde  iniciaron su tránsito a la vida civil los antiguos combatientes de las Farc__ desempeñaron un papel fundamental en la realización  de  este sueño.  

Lucely Narváez manejó la  de Caldono __ exactamente en Andalucía, un pequeño corregimiento en las montañas del norte de Cauca__. Un día reunió a guerrilleros y soldados y leyó una crónica que hablaba del horror que vivió la población asediada permanentemente por las Farc.

Algunos de los asistentes habían sido protagonistas de esta historia; habían disparado de uno y otro bando. Mientras avanzaba la lectura  se achicaban,  se cuestionaban incrédulos: ¿de verdad hicimos eso?  

Se vieron en el espejo: la guerra  enceguece,  embrutece…  Nos lleva a  cometer  barbaridades. Y solo en momentos como estos,  cuando la vemos  de frente y comprendemos el absurdo de matarnos entre hermanos, podemos empezar a pararla.  

La filósofa alemana Hannah Arendt construyó  el concepto  de la  “banalidad del mal”. Surgió mientras  cubría el juicio del  jefe nazi Adolf Eichmann.  Escuchó  al criminal repetir sin inmutarse: “Yo cumplía órdenes”.

Concluyó entonces que  los  mayores males de la humanidad son cometidos  por hombres  que actúan con eficiencia cumpliendo mandatos de los superiores. No necesariamente tienen corazón malvado.  

Son seres que se rehúsan a ser personas; renuncian completamente a  la cualidad decisiva del ser humano: ser  capaz  de pensar y, por lo tanto,  de hacer  juicios morales y actuar en consecuencia.   

Ella  era judía. La acusaron, la señalaron de querer minimizar el horror del holocausto judío. Se defendió. “Entender es  mi  responsabilidad   y la de cualquiera  que escriba sobre el asunto”.  “Entender__aclaró __   no es lo mismo  que perdonar.” 

Podemos estar o no en desacuerdo con ella,   pero la invitación hoy es a que tratemos de  comprender  la compleja realidad de nuestro país. Y para hacerlo debemos saber al menos un poco de geografía, de historia, de política. Ver a Colombia en toda la gama de grises…

Necesitamos relacionar muchas voces, diversas  verdades  que nos permitan interpretar  y ser críticos  frente a lo que ocurre.

Olga Behar y Pablo Navarrete en su libro Operación Palomera _El comienzo del fin de las Farc_ narran el  secuestro y posterior asesinato de los diputados del Valle. Recoge  la ´verdad´ de   víctimas, de victimarios:  la angustia, el sufrimiento profundo  de las familias a las que les robaron un hijo, un esposo, un padre…; la felicidad de los que organizaron el operativo y celebraron el triunfo.

Y la verdad de una niña a quien le arrebataron a su padre. El odio guardado tantos años  empezó a mermar el día que __en  medio de los diálogos de paz de la Habana__ habló con los verdugos. Al comienzo no quería hacerlo, no era capaz de mirarlos a los ojos. 

Otro texto que nos presenta dos caras de la moneda es el de Alonso Sánchez Baute,  Líbranos del bien. La vida en paralelo de Simón Trinidad  y Jorge 40,  compañeros de juegos en su infancia en Valledupar. Los dos crecieron cobijados por los mimos de familias adineradas.

Uno de los grandes problemas, en este momento, es que la versión del otro la invalidamos, sin  siquiera escucharla. No sé si alguno de ustedes oyó el martes pasado el diálogo de sordos de  periodistas  de la W con el Comisionado de Derechos Humanos. Este funcionario se negó a oír, se negó a prestar atención a  las razones por las cuales desde hace años se habla de que parte de la responsabilidad por la masacre de Bojayá recae sobre el Estado. La responsabilidad mayor, claro, está en hombros de las FARC.   

No nos leemos, nos rehusamos a ver al otro, a  reconocerlo.    ‘Comemos cuento’ a toda la información que nos llega sin  detenernos a cuestionarla. Un ejemplo reciente. Un titular de una revista publicó como primicia la prueba reina que, según ellos, confirmaba que en la cuestionada acción militar en Puerto Leguízamo todos los muertos eran guerrilleros de las disidencias.  

La evidencia era una foto de la invitación al bazar cocalero. No sabemos que en estas zonas abandonadas por el Estado los grupos armados  __todos__tratan de ganarse a la población civil, buscan  presionarlos a través de estos eventos llámense bazar, jornada cívica…. Esta realidad está escrita en crónicas y libros.

Los bazares cocaleros existen, han existido durante años y años en las zonas donde  la autoridad la ejercen los armados. ¿Son peligrosos narcoterroristas  los que asisten a ellos? El lunes habló en la radio a una líder de Putumayo. Reclamó  que  no son  narcocampesinos, que  son pobladores  que tratan de salir adelante en medio de tanto olvido y estigmatización. Nos ofreció, entre otras, la pimienta negra del Valle del Guamuez…

No leemos, no escuchamos pero desde la comodidad de nuestras casas en las ciudades no atrevemos a satanizar, a juzgar, a bendecir y a aplaudir los crímenes que se cometen contra  la población más olvidada del país.

Muchas veces miramos hacia otro lado, o no hablamos de ´eso´.  Y de ´eso´ precisamente debemos hablar. De lo que  sucede ahora, de lo que ha pasado desde el momento que se fueron los españoles y tratamos de construir una nación  en donde  pudiéramos caber todos.  Un sueño que no hemos sido capaces de hacer realidad.  

En 1850  el periódico El Artesano  de Cartagena hizo este llamado: “Hablemos todos,  discutamos todos, deliberemos todos  porque todos somos ciudadanos  con iguales derechos y con iguales obligaciones.”

Los artesanos fueron los primeros en alzar la voz para reclamar a las élites que el país no es solo para unos pocos.

Su reclamo sigue siendo vigente en 2022.

Por eso nos seguimos reconociendo en libros que retratan la Colombia de hace 100 o más años…  Nos parece que narran  episodios del hoy, libros como El año del sol negro  de Daniel Ferreira. El escritor santandereano  recrea  la batalla de Palonegro, la más cruenta  de la cruenta Guerra de los Mil Días. Leamos un pequeño fragmento:

Duque avanzó hasta la embocadura del túnel con la carabina alzada, y ahora tú acudiste también con el revólver. El músico solo miraba, indiferente, desde el camino.

El cuchillero avanzó hasta que lo cubrió la oscuridad del subterráneo. Entonces hubo un fuerte estallido que retumbó  como cien bostezos y en el fogonazo vieron ocho pares de ojos  humanos atentos en la oscuridad: los de dos mujeres que sostenían las crías de las cabras en brazos y los de la niña abrazada a la falda de la que debía ser su madre y los del anciano que delante de ellas tenía la carabina montada con una segunda bala en la recámara dispuesta para el primero que se atreviera a dar un paso más hacia ellos.

__El que venga se muere.

El cuchillero alzó las manos y así lo vieron salir de la penumbra caminando hacia la embocadura del túnel con los brazos en alto.

Duque bajó su carabina y te hizo una señal para que  guardaras el revólver también.

__Vamos __dijo Duque.

Y todos subieron al camino.

__Quememos esta malparida casa __dijo el cuchillero.

__¿Por qué?

__Porque es la guerra.

Los ojos de Duque y los del cuchillero parecían ser otros. Duque tenía el ceño fruncido de los que siempre están ofuscados. Los ojos del cuchillero se habían trasformado extrañamente en dos diminutas bolas de fuego rayadas de arterias sanguíneas. Los   poseía el instinto de vengar todas las afrentas, de elegir sobre las propiedades y pensamientos de los demás, de perseguir, de matar por matar. Ahora no eran hombres jugando a la guerra.Era la guerra que obnubilaba una vez más a los hombres.

Vemos  también  el hoy en el libro de Eduardo Caballero Calderón, Siervo sin tierra.

La escritora  española Almudena Grandes, fallecida hace poco, calificó de error el querer silenciar el pasado. “Como los recuerdos dolían no recordaban, como las lágrimas herían no lloraban; como los sentimientos debilitaban no sentían”. Ella escribió cinco novelas para tratar de descifrar el dolor de la guerra civil en su país.

 En sus escritos defendió  el poder de la memoria. “La memoria _  decía_  es clave para la construcción de la identidad: la identidad personal, la de la familia, la de los pueblos y los países”.

Este poema de Hugo Jamioy es para mí una invitación a leernos, a mirarnos, a  encontrarnos:

 Buscándome

Durante años

He caminado buscándome.

¿Cómo voy a encontrarme

si los lugares

donde escarbé

están fuera de mi tierra?

La guerra rompe el tejido social, nos hace desconfiar del amigo… ¿Sabemos qué sintió mi vecino en medio de la toma guerrillera o el asalto de paramilitares? Por mucho tiempo  hemos guardado silencio. Solo hasta hace poco las víctimas están alzando su voz. Les daba miedo ser señaladas…

A los que menos hemos escuchado es a los más  pequeños. Hace unos años escribí el libro Crecimos en la guerra, siete crónicas que muestran cómo han vivido el conflicto los menores de 18 años. Los protagonistas de las historias son adolescentes paramilitares, adolescentes guerrilleros,  raspachines,  niños  y jóvenes víctimas de la mal llamada limpieza social, de las minas antipersona, del secuestro, testigos  del horror de una  masacre  paramilitar.

 ¿Cómo logré que  ellos me abrieran su alma? Con la lectura de cuentos. En Carmen de Bolívar  me reuní __gracias al Colectivo de Comunicaciones  de los Montes de María__ con  desplazados de El Salado, ese pequeño corregimiento escenario de una de las más sanguinarias  masacres paramilitares. Durante dos días leímos cuentos, nos divertimos.

En el tercer encuentro, la historia de un pequeño elefante que en medio de la guerra queda huérfano y  a cargo de su madre embarazada, los llevó a enfrentarse a sus recuerdos. Ellos también  __ igual que ocurrió en la selva del elefante_ tuvieron que salir despavoridos mientras en la cancha de básquet los `paras´ cumplían con su ritual de muerte.

Fue un momento muy duro, tenso.  Empezó el llanto…  Los abrazamos, les dijimos que si dolía tanto parábamos la actividad;  nos sentimos culpables.

Una de las mayores tomó la vocería.  “Queremos hablar”, dijo. Yo tengo todo aquí guardado__ y señaló el corazón__. Nadie me ha preguntado qué me pasó. Contó su historia y los demás la imitaron.

Esta crónica __una de las siete que forman el libro__,  “Una infancia llena de miedos”, tomó su nombre de  la reflexión de una adolescente: “Nuestra infancia no ha sido normal; ha sido una infancia a la carrera, llena de miedos”.

 Los que estamos aquí sabemos que la infancia marca nuestras vidas, deja huellas imborrables.  

 Los niños saladeños me contaron historias como esta:  

“Yo quedé como destruido por dentro desde que mi papá se perdió”

Era un hombre alto, moreno. Salió un viernes temprano para Córdoba, otro municipio de Bolívar, más cercano al río Magdalena. Se fue con una yegua, un burro y una mula. De ninguno volvieron a tener razón.

“Cuando mi papá se fue, me entró un frio en todo el cuerpo”, recuerda con voz seca este muchacho rubio y delgado. Su mamá le dijo luego: “Somer, el frío que te dio era porque a tu papá le iba a  pasar algo”.

Lleva siete años dándole vueltas en la cabeza a una idea: “Si hubiera ido con él, de pronto esos hombres se hubieran condolido, no lo habrían matado para no verme tan chiquito sin papá…” Pero de inmediato le da un vuelco al pensamiento: ”Tal vez no; me hubieran matado a mí también”.  

¿Para qué sirve leer este tipo de libros sobre la guerra con niños y jóvenes en la biblioteca o en el aula? Para ponernos en los zapatos del otro; para acercarnos a las emociones ajenas y  percibir el mundo desde otros puntos de vista. Para conocer lo que nos es desconocido.

Esto han escrito algunos jóvenes de ciudad después de leerlo:

 “No puedo decir que este libro me cambió, pero sí me di cuenta  de que no puedo mirar el mundo con ojos que no ven”. 

“Ahora puedo ver una Colombia que se desangra. Ahora mi mente ya no es víctima de la ignorancia”.

“Esta obra me muestra un conflicto que camina al pie de la indiferencia”. 

Los  lectores  logran ponerse en los zapatos de los personajes. Son vivencias  de jóvenes que, como  todos los de su edad, tienen ilusiones,  ganas de ser, de construir. La diferencia, y eso hace este país tan desigual, tan injusto, es que unos  tienen derecho a realizar sueños y para  otros no existe ni siquiera la posibilidad de imaginarlos.

Un profe me confesó que estuvo a punto de no trabajarlo  en el aula: “Me dio temor, es un libro duro, ¿para qué más guerra?”. Pero unos colegas lo animaron. El resultado, según sus propias palabras, fue muy positivo: “Los alumnos se identificaron con muchas de las problemáticas que viven los jóvenes del campo: pobreza y no futuro”.

Hay mucho recelo a enfrentar estas lecturas: miedo a los padres, a las directivas, a  no tener respuesta a preguntas difíciles de los alumnos.

Lo que jamás  podemos hacer es proponer un libro de este tipo sin haberlo leído, sin tener un criterio sobre la problemática que plantea. Si invito a leer sobre el conflicto armado, debo saber qué lo generó __no aparece de un día para otro, porque sí__, es necesario entender que detrás de los que disparan se mueven muchos y  diversos intereses.   

¿Cómo vencer el miedo a abordar  esta  realidad? Rodolfo Llinás, uno de los más importantes científicos colombianos, un  neurofisiólogo preocupado por la educación, dice: A los niños hay que contarles la verdad, hay que darles contextos.

En el momento actual es imposible alejarlos de la realidad, de la vida.  Cuando yo era pequeña había un mundo para los menores de edad y otro para los adultos. Los niños tenían que irse a jugar cuando los grandes hablaban. Hoy resulta inadmisible mantenerlos en esa burbuja. Imposible protegerlos de todo lo que nos atormenta.  

No hay  nada vedado  para ellos. No hay  materia de la cual no  tengan información. Tienen sus cabezas llenas de inquietudes y buscan explicaciones. Si no se las damos, ellos las encuentran en otros lados… ¡dónde sea!  Un niño de seis años __ luego de jugar  con el libro  La estrella que le perdió el miedo a la noche_  me pidió que  habláramos de la guerrilla…

Varios  escritores colombianos se han medido a este reto de escribir para los más chicos sobre el difícil tema de la guerra: Yolanda Reyes, Gerardo Meneses, Irene Vasco, Francisco Montaña, Jairo Buitrago, Triunfo Arciniegas… 

Quienes leen sus libros se llenan de  argumentos para poner en tela de juicio las palabras del ministro de defensa cuando asegura que es lícito bombardear campamentos guerrilleros donde hay menores de edad  porque  ellos son ´máquinas de guerra´.

En estos escritos hay un reconocimiento implícito  de los niños y jóvenes  como sujetos de derechos. En 1989, con la  Convención de los Derechos de la Infancia, se  borró la concepción del menor como ser incompleto y dependiente.  En Colombia desde  2006 tenemos la Ley de Infancia y Adolescencia. 

Y son historias que  ayudan a unir esas dos Colombias tan alejadas: la visible y la invisible; la de la ciudad y la del campo. En la ciudad se conoce la guerra  a través de lo que muestran   los medios de comunicación: un problema en blanco y negro,  de buenos y  malos, una realidad distorsionada.

En el campo niñas y niños dibujan en  sus relatos sus vivencias:

“La guerra es maluca… es puro matar. Del puro susto los animales salían despavoridos buscando los claritos, lejos; y las bestias paraban oreja con el ruido de las balas…” escribieron alumnos de tercer grado  la vereda Gallo a orillas de la represa de Urrá, en  Tierralta Córdoba, en el Caribe colombiano, un retazo de país azotado durante años por guerrilla y paramilitares.

“Le tengo miedo a la guerra. Cuando tenía seis años a mis padrinos les bombardearon la casa. Y menos mal nosotros estábamos en la calle cuando mandaron esas bombas. Entonces nos mudamos para estos montes…”, escribió Maicol, de  12 años, en otro rincón apartado del país.

Este poema, La guerra nos dispara en la nuca, es de Valentina Palacios.  Una niña de una vereda de Quibdó. Leamos un fragmento:

Sangre que ha untado la guerra.

Si, esa  guerra, la misma que nos ha manchado el monte,

Que nos ha pintado el río,

Que nos desocupa el patio…

Y es esa misma, la misma que nos mira de frente,

Que se lleva lo que le da la gana sin pedir permiso.

La que nos ultraja, que nos rasga la piel, que nos apaga la risa,

Esa misma,

La guerra que nos respira en la nuca mientras mi niñez y

Todo lo que somos:

Nuestras rondas y nuestros cantos. Todo eso quedó perdido.

Perdido en una bolsa en la mitad de la noche,

En  medio de una carretera, una bolsa. Bolsa con sangre, con piel.

Una bolsa con sueños de niño.

Y la lluvia, se encarga de descomponer todo eso que conocemos.

Hemos dado poco la voz a  jóvenes y niños para contar sus vivencias,   necesitan y tienen derecho a expresar qué ha sido para ellos el conflicto… hablar de sus  pesadillas. 

Gaël Faye, hijo de padre francés y madre tutsi, plasmó en su novela Pequeño país  la tragedia de Ruanda y Burundi que vivió siendo niño.  El prólogo es muy diciente:    

La verdad es que no sé cómo comenzó esta historia.

Papá, sin embargo, nos lo había explicado todo un día en la camioneta.

—Mirad, en Burundi sucede como en Ruanda. Hay tres grupos diferentes, se llaman etnias. Los hutus son los más numerosos, son bajitos y tienen la nariz ancha.
—¿Como Donatien? —le pregunté yo.
—No, él es zaireño, no es lo mismo. Como nuestro cocinero, Prothé, por ejemplo. También están los twa, o sea, los pigmeos. Ellos, bueno, dejémoslo, sólo son unos pocos, digamos que no cuentan. Y luego están los tutsis, como mamá. Son mucho menos numerosos que los hutus; son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que se les pasa por la cabeza. Tú, Gabriel —añadió mi padre señalándome con el dedo—, eres un auténtico tutsi, nunca se sabe lo que piensas.

Tampoco yo sabía qué pensar. Al fin y al cabo, ¿qué podía pensar uno de todo aquel lío? Así que le pregunté:
—¿La guerra entre los tutsis y los hutus es porque no tienen el mismo territorio?
—No, no es eso, están en el mismo país.
—Entonces… ¿no hablan la misma lengua?
—No, la lengua que hablan es la misma.
—Entonces, ¿es porque no tienen el mismo dios?
—Sí, sí tienen el mismo dios.
—Entonces… ¿por qué están en guerra?
—Porque no tienen la misma nariz.

La conversación se detuvo ahí. De veras que aquel asunto era muy extraño. Creo que papá tampoco lo entendía muy bien. A partir de aquel día, empecé a fijarme en la nariz y en la estatura de la gente por la calle. Cuando íbamos de compras al centro de la ciudad, con mi hermana pequeña, Ana, intentábamos adivinar discretamente quién era hutu y quién tutsi.

En  lecturas de  realidadeslejanas  podemos encontrarnos __la lógica de la guerra es  semejante en todas partes__; en  las  preocupaciones de los niños y la torpeza de los adultos al responderles  igualmente.

Las preguntas de los más pequeños aquí o allá muestran sus miedos, sus  vacíos.

Gerardo Meneses __escritor colombiano conocido por ustedes__  ha tenido que enfrentar  inquietudes difíciles formuladas por los lectores de La luna en los almendros, uno de sus tres libros sobre el conflicto. Esta novela cuenta la historia de unos escolares campesinos que deben huir junto a su familia porque los militares les encuentran en la mochila, al lado de cuadernos y lápices,  panfletos de la guerrilla. Ellos los habían tomado inocentemente cuando los armados las repartieron en su caserío.

Un niño de un colegio de la policía le dijo a Gerardo:

 _En su libro el ejército es malo. ¿Qué pasa cuando es un papá soldado al que matan?

_¿Si usted hubiera vivido situaciones como las de sus personajes, se habría ido a la  guerrilla?_ me han preguntado a mí muchas veces.

A los más pequeños les podemos contar la  guerra a través de metáforas. Retratar las situaciones más crueles con frases  bellas, poéticas.

El árbol triste del colombiano Triunfo Arciniegas  narra la historia de tres pájaros que llegan a un árbol en la casa de una niña. Se quedan tres meses y se van.  El árbol y la niña quieren que regresen. Vuelven pero despelucados y tristes. La niña y su padre ven por televisión que ellos viven en un país en guerra. Los pájaros de nuevo se van, jamás vuelven… la guerra continúa. 

“Soñé que los hombres se disputaban el aire a manotazos”. “Las personas morían como moscas, como si en el país no hubiese espacio suficiente para todos”. “El fuego arrasaba las ciudades y los bosques. Todo era humo, ceniza y dolor”, son  frases de El árbol triste.  

Y muchos adultos  están empezado a narrar a través del periodismo y la literatura, lo que vivieron en su infancia.

Así comienza la novela-testimonio  Cómo maté a mi padre de Sara Jaramillo:

Me han disparado muchas veces. Pero nunca me muero. Me despierto cada vez que la bala va a impactarme. Me pregunto qué pasará el día que no me despierte. Tal vez muera de verdad. Tal vez no. Las cosas que no pueden saberse por adelantado. Yo, por ejemplo,  no sabía que iban a matar a mi padre”

Otro libro: Lo que no borró el desierto de Diana López Zuleta.

Empieza así:

“Año tras año había anhelado encarar al hombre que mató a mi padre. Ahora que iba a tenerlo frente, mi plan era hacerle la pregunta que tanto me había atormentado: ¿por qué lo había mandado a asesinar?”

Los dos libros están llenos de recuerdos, de ruidos ligados a las muertes de los padres. ¿A quién no asusta el ruido, el olor, el color de la guerra?

“La guerra es un ruido fuertísimo”, “La guerra es una mano enorme que te sacude”, afirma en uno de sus obras infantiles la poeta chilena María José Ferrada.

Para escribir otro de sus libros esta autora chilena  se detuvo a observar por largo rato  objetos que dejaron las víctimas de la dictadura en su país; escribió textos cortos cargados de poesía   y  armó La tristeza de las cosas.

Este es uno de ellos:  

Tu taza

La taza donde por años tomaste el café. Tenía una mancha, una línea que un día se quedó por esa costumbre que tenías de dejar el café sin terminar.

Repetiste tantas veces el gesto, que la taza terminó por mancharse.

Recuerdo que cuando lo notaste intentaste quitarla y que la mancha se fue, pero luego volvió. Te dije que tanto café abandonado no se borraría tan fácilmente.

Cuando llega la noche me siento a la mesa de la cocina.

El silencio de las cosas es diferente al nuestro, no sé si alguna vez lo notaste.

Yo me quedo en ese silencio y me imagino que pasan los años y que el último rastro del paso de los hombres por la tierra son los huesos  de mis manos aferradas a tu taza de café.

Le pido al dios de lo perdido, pequeño dios del despojo, dios vacío, que cuide de tus cosas, las abrace.

Las personas, los objetos, las cosas, las montañas, los ríos, los paisajes…, todos guardan la memoria del pasado.  Nos  pueden servir de pretexto  para formular preguntas, por ejemplo  a los   ríos que, en muchas regiones del país,  se convirtieron  en cementerio donde sepultaron sus crímenes los armados. ¿Cuántas cosas sabrá el Magdalena?

En la  biblioteca de Andalucía  escuché una tarde __ en un ejercicio de memoria__ las palabras  cargadas de poesía de  Nelly,  mujer nasa que teje para trazar caminos. Y mientras su mochila crecía, nos hizo sentir su nostalgia  al ver cómo tres lagunas: una verde, otra amarilla, otra roja __padre, madre, hijo__  se están quedando secas; están desapareciendo. Ella correteó por sus alrededores siendo niña. En tiempos de guerra  ahí acamparon los armados y se refugiaron los habitantes del caserío para esquivar las balas. Ese día nació la idea de contar en video esta historia.

Ivo Andric escritor Bosnio, premio Nobel, pintó el origen del conflicto bélico que se libró en los Balcanes, relatando lo que ocurrió, durante años, en un puente  sobre el  río Drina. Quien controlaba este paso, controlaba los hilos de la guerra.   

 La literatura nos permite contar la guerra de otra manera,  ponerla frente a nosotros, verla.  Esta herida  llena de peces de la joven escritora Lorena Salazar Masso nos  transporta a la masacre de Bojayá a través de una historia que habla de maternidad y soledades.

En las bibliotecas  articulamos  lectura, memoria, convivencia, miradas a los ojos… remendamos esetejido roto que dejó la guerra.

Los escritos que nos conmueven remueven sentimientos, nos llevan a descubrir  nuestras complejidades.

El oro y la sangre  del periodista y escritor Juan José Hoyos fue escrita hace años, pero sigue  siendo ¡tan vigente!  Retrata lo intrincado del ser humano, lo confuso de  sus sentimientos; refleja los intereses __muchas veces oscuros__ que nos mueven y que han alimentado nuestro largo  conflicto. 

Y en Las travesías de Gilmer Mesa viajamos a través de varias generaciones,  todas atravesadas por una guerra distinta…  Esta novela, que invita al diálogo entre  bisabuelos, abuelos, padres, hijos… empieza así:

Mercedes, Carmela, Cruz

Esa tierra no es más que selva ruda que se regeneraba más rápido de lo que se tumbaba en la época en que mi bisabuelo Cruz María García, cansado de los combates, aprovechó un breve receso de tensa calma en la guerra y se fue con su mujer, su cuñada y algunos compañeros hastiados como él a hacer fundos, para tener algo propio, un cacho de tierra en el que pasar el resto de su vida y tener propiedad con que tapar sus huesos cuando muriera. Pese a su nombre femenino y piadoso, era un tipo recio, musculoso y de trato cortante y templado. Nadie supo de dónde era, ni siquiera mi bisabuela, porque nunca quiso hablar de su familia ni de su pasado, como si para él la guerra hubiera  sido el segundo y definitivo nacimiento, y las pocas veces que tuvo alguna reminiscencia fue de su llegada al ejército liberal o de los combates en los que participó, ese fue su origen o al menos lo único que permitió conocer de él, decía que uno es de donde deja la sangre y es por lo que se lucha, pero como luchó en tantas partes y nunca supo bien por qué se peleó, no fue de ninguna parte, y fue nadie, así que terminó siendo don Cruz María dueño de la finca Las Travesías, en un territorio sin nombre cercano al pueblo de La Granja.

Leamos, dejemos que nos toquen las palabras que nos lleven a nuestros propios recuerdos.  Aceptemos su invitación a escarbar en la memoria,  a expresar vivencias y opiniones. Estos  poemas nos motivan a hacerlo:

 Escuché tu llamado, madre

 Horacio Benavides 

y cogí fuerzas para levantarme

Era de noche

y me fui adivinando el camino

Quise guiarme por el sonido

de la quebrada

pero el agua no se oía,

solo los perros ladraban a mi paso

Ésta es la casa de Juan Chillito me decía

pues eran los tres perros que ladraban

Cómo no iban a ladrar si me faltaba la cabeza

Voy por donde Pedro Daza

pues ladran como cuatro o como seis

Volvía y me decía

Cómo no iban a ladrar

Si me faltaban las piernas

Al fin di con tu casa, madre

Tu casa como una nube blanca

Entre tanta negrura

Pensé que dormías agotada por la pena

y no   quise despertarte

Y me fui yendo por donde había llegado.

Hospital  Militar  

Maruja Vieira.

Dios, ¡qué mano tan fría!
dijo el soldado herido.

En la silla de ruedas su figura
sería un árbol joven
con las ramas cortadas.

Porque allí no había mano,
sólo unos ojos hondos,
muy hondos, que parecían
preguntarle algo a Dios.

Los muertos

 Guillermo Martínez González                     

Amanecían en las calles con la cara de espanto alteradas por las moscas.

O bajaban al pueblo en el lomo de las mulas guindados como animales de sacrificio.

O flotaban en la hierba y el río con el treno inflamado bajo la luz de la luna.

En aquel tiempo la violencia se paseaba con su tambor de medianoche por las aldeas.

Revisémonos: ¿qué heridas, qué cicatrices me ha dejado el vivir en un país tan azotado por la violencia? Miremos de frente el horror  para que al vernos en el espejo sintamos vergüenza  por lo que ha  sucedido, por lo que dejamos de hacer, por haber guardado  silencio.

¿Por qué escribir de la guerra? La literatura, decía Saramago, no cambia el mundo, pero sí  puede hacernos mejores seres humanos.

“Créame, mis alumnos necesitan leer este libro”, me dijo una maestra cuando alegué que Era como mi sombra, una novela juvenil que escribí sobre dos adolescentes en la guerrilla era para niños de más de 15 años. Narra la amistad de dos adolescentes -de dos personalidades opuestas- que terminan en la guerrilla. Retrato  esta amistad  desde cuando eran niños en las calles empolvadas e inclinadas de su caserío.

Todo el relato está atravesado por el sentimiento de culpa de uno de los dos. Los jóvenes que han estado en la guerra  salen con cargas muy duras, difíciles de asumir.

Uno tomó primero el camino de las armas; el otro lo siguió poco después. Años más tarde desertaron. Pero las cosas no resultaron bien. Uno logró escapar  gracias a la lealtad de su amigo;  el otro fue detenido, condenado a consejo de guerra y ejecutado; la pena impuesta para este delito dentro de las normas de la insurgencia.

Sus alumnos tenían apenas 11 y 12. El trabajo de esta maestra, que duró seis meses e incluyó otras lecturas, películas y reflexiones me dejó sorprendida.

 Durante este tiempo estuvo pegado en la pared del salón un retazo grande de papel periódico para que cada estudiante fuera  registrando, a medida que avanzaba en la lectura, comentarios  a este interrogante: ¿por qué los niños no deben ir a la guerra?

Y estuvieron allí también  dos cartulinas de distintos colores: en una los invitaba a expresar su opinión antes de leer el libro, en la otra después de hacerlo.

En la primera muchos escribieron: porque les gustan las armas, porque les gusta matar. En la segunda, la opinión mayoritaria fue: les toca irse, no tienen alternativas…

Han sido muchas las experiencias positivas con esta novela: “Gracias por sacarme de mi burbuja”, me dijo una alumna  de un colegio privado en Bogotá. Algunos de los que han vivido en medio de privilegios y crecen pensando que el mundo es en blanco y negro  y que ellos están  en el bando de los buenos, agradecen la oportunidad de conocer realidades desconocidas en su entorno.

“¿Qué podemos hacer para que no se repita?”, es lo que muchos jóvenes preguntan luego de leer  libros de este tipo.  Reitero: si no conocemos lo que ha pasado en tantos años de guerra,  jamás tendremos una Colombia donde la vida, y una vida digna,  sea un derecho sagrado para todos.

¿Qué papel juegan las bibliotecas en lugares de conflicto?

 “Es en estos lugares olvidados donde  el sentido de biblioteca se agranda. Es donde deben estar”,  afirma una amiga. Ella, como los que nos hemos reunido hoy, cree en las palabras, la lectura y la educación como  motores para cambiar un país como el nuestro.

Cuando llegó la biblioteca a Andalucía,  sus habitantes no habían dejado la costumbre de apagar las  luces y encerrarse a las seis de la tarde. Era una norma impuesta por  la guerra. Así, les decía el ejército, era fácil saber dónde estaba la guerrilla.

La biblioteca rompió esta rutina. El caserío es apenas  una calle larga, montada en un filo; la biblioteca les devolvió la noche a sus habitantes, les regaló tiempo para leer.  

Las bibliotecas cambian vidas. En la  de Gallo conocí un adolescente de cara salpicada de lunares al que se le agigantaron los sueños. Se llama Einer, tenía 13 años.  Se sentía el más afortunado de todos  por tener en su vereda una biblioteca móvil.

 “Es mucha la experiencia mía en la biblioteca”, me dijo.   “Ya casi soy experto en computadores, estoy aprendiendo a escribir cuentos __no sabía que podía hacerlo__, sé manejar la cámara de video”.

Empezó a soñar con ser escritor, camarógrafo, periodista..; el mejor en lo que  eligiera . Solo veía un obstáculo: la guerra. Lo demás, pensaba, era superable: la pobreza y su educación, también pobre. En el  bachillerato multimodal  al que asistía hay un solo profesor para todos los cursos y todas las  materias.

Estas Bibliotecas Móviles de la Paz __y en general en  las que están en zonas de conflicto__ dignifican  a comunidades estigmatizadas por la guerra. En algunos lugares, llegan   al tiempo    libros,  plantas de luz, computadores.  

A Carrizal, corregimiento de Remedios, municipio de Antioquia   caracterizado en  titulares de prensa  por la violencia y la minería que  contamina ríos y quebradas, llegó  también  una  biblioteca.  

Se llama Macondo,  es pequeña  y llena de colores. La primera bibliotecaria, Dayana, una mujer joven, pila, cuenta que  fue al caserío llena de temores  pero recibió de una el apoyo de la junta comunal. Sus miembros dejaron de ir unos días al socavón  y se dedicaron a construirla.  “Hacemos lo que sea si es por nuestros hijos”, le confesó  Leider, uno de ellos. 

“La biblioteca trajo alimento espiritual a esta zona tan olvidada”, opinó en su momento Teo, un curtido ex guerrillero.  Y es así: se han convertido en lugares de difusión y recreación de la  cultura en los lugares más olvidados del país.

Y en estos espacios  se hicieron visibles personajes como Robinson: jamás había  tenido en sus manos una novela. Ahora, como auxiliar del bibliotecario en Charras, Guaviare,  se vio obligado a leerlas. “Nunca me gustó leer. ¡Qué pereza!, era muy aburrido”.  Y pasó la primera página  y los personajes de las historias –piratas y  aventureros- comenzaron a robarle el sueño. “Desde que empecé a leer dejé de dormir bien… Quería andar pegado a esos libros”, le contó a la escritora Adriana Carreño este joven que antes se dedicaba a cultivar café.    

La biblioteca es un refugio,  dice Claudia  Guerrero la bibliotecaria  de El Tarra. “Aquí vienen los niños y encuentran en los libros que hay un mundo más allá de la guerra”.

En El Tarra, en norte de Santander, en la región del Catatumbo,  muchas veces han tenido que cerrar la biblioteca  porque las balas convierten  las calles en escenario del conflicto armado… Claudia es una valiente,  a diario tiene que superar sus temores para mantener abierto este  lugar  que invita a soñar.  Y son refugio para los vecinos __grandes y chicos__  las bibliotecas de  Raizal y Villa Guadalupe  que visité  en Medellín. Los jóvenes  vecinos de la primera  solo se van cuando los echan ya en la noche y Ramiro, un hombre mayor de Villa Guadalupe, se pregunta: ¿Qué sería de nosotros sin este espacio de encuentro ? 

Mucho se ha repetido: la libertad está en las mesas de las bibliotecas. Leer nos hace cuestionarnos la vida, nos lleva a conocer otros mundos… leer nos hace libres.

“En las bibliotecas se guarda el conocimiento”, como afirma   Irene Vallejo. Y el escritor, también español, Fernando Aramburo __ autor de Patria__  resume en una frase: “El conocimiento equivale a la libertad”. Lo descubrió siendo adolescente cuando  empezó a hurgar en las páginas de los libros.

Y este conocimiento que nos da libertad, no puede ser excluyente fragmentado, estático, unilateral: en el caso del conocimiento del país, deberá  incluir sus alegrías y sus dolores…

Ojalá cuando nos volvamos a encontrar solo hablemos de paz.  Leamos poemas de Carlos Castro Saavedra. Y poemas como este, escrito por Aida Mestizo,  excombatiente de las Farc.  Su hija nació en la guerra, su nieta en la paz.

Poema para Jeremy

Aida Mestizo

Naciste cuando se hacía un alto en el camino.

Eres para mí el sello de la paz.

Cuando llegaste a mi vida decidí luchar con más ahínco para que al lado de todos los niños tuvieras un futuro en paz.

Sin estruendo de ráfagas, ni bombas, ni tiros de fusil.

Quiero que los estruendos que escuches sean los truenos del cielo anunciando la lluvia.

Y las ráfagas sean de alegría en tus cumpleaños.

Y los tiros sean de juegos con las canicas de vidrio

 en los corredores de la casa.

Leámonos, mirémonos a los ojos; ¡paremos esta guerra!

Gracias.